
El próximo 3 de noviembre de este año se celebrarán las elecciones intermedias (midterm elections) en Estados Unidos, en las que no solo se disputa el control de la mayoría de las dos cámaras (el poder legislativo en EU es bicameral: diputados y senadores); también será un referéndum para el America First de Donald Trump.
En los comicios se renovará toda la Cámara de Representantes (435 escaños) y 33 de las 100 curules del Senado. Es un evento estratégico clave para la continuidad del amado y odiado MAGA (Make America Great Again), y aunque las intermedias no son determinantes, sí tendrán un impacto en la capacidad de acción de Trump, en su brutal y peculiar estilo de negociación, en función de la continuidad de su proyecto.
Algunos gobiernos del bloque de izquierdas, alineados al Foro de São Paulo, como México, están expectantes de todo lo que está pasando con Estados Unidos, tanto al interior como al exterior. Y han optado por una estrategia de “estirar la liga” o “patear el bote” ante las exigencias del anaranjado mandatario, así como lo estaba haciendo Nicolás Maduro antes del tremendo madruguete que le propinaron las Fuerzas Armadas norteamericanas. ¿Qué esperan? Que Trump pierda en las intermedias para poder, en teoría, “ponerle un alto”.
Mark Carney y el nuevo viejo orden mundial
“Un discurso histórico”, “el mejor discurso en décadas”, “Carney desafía a Trump”, “Carney encabeza en Davos la oposición moral”. Los anteriores son parte de algunos encabezados de los principales medios de comunicación en Occidente, sobre todo en los EU, después del discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en el World Economic Forum, que tiene como sede la ciudad de Davos, en Suiza.
Ahora bien, para muchos no es un secreto que BlackRock, la banca Rothschild, George Soros y Bloomberg, dueños del mencionado foro, también son dueños de casi la totalidad de los medios masivos de comunicación en EU, así como de las agencias de noticias. Y que Carney, actual líder del Partido Liberal de Canadá, de posición centroizquierda, ha sido un empleado obediente y eficiente de la banca internacional, así como buen defensor y promotor del ahora viejo orden mundial globalista del que Trump es acérrimo opositor y detractor (por no decir enemigo). Y por lo mismo no es para nada extraña la tremenda difusión que tuvo el discurso y el enfoque pro Carney y anti-Trump de la amplia cobertura.
Google Trends muestra un disparo en las búsquedas de Carney y su discurso en Davos. Periodistas, comentaristas y líderes políticos de todas partes se activaron como cajas de resonancia para viralizar la idea de que el líder del país vecino a EU se había rebelado contra el nuevo enemigo de las naciones: Donald Trump. Una acción mediática artificial que no sorprende a muchos, porque los globalistas saben que el presidente Trump no está jugando y que tiene de su lado a los nacionalistas norteamericanos, a muchos católicos, gran parte del bloque conservador y a la llamada WASP (White Anglo-Saxon Protestant), que estuvo agazapada debido al tremendo auge, popularidad mediática, estridencia y violencia del movimiento WOKE (que tuvo su momento de hegemonía y que se había convertido en lo políticamente correcto).
El tablero del ajedrez geopolítico se está moviendo y ya es clara la conformación de un TUCT: Todos Unidos Contra Trump. El primer objetivo es derrotarlo en las intermedias y lo de Davos fue el llamado de los globalistas, que no quieren perder parte del inmenso poder que tienen, a alinearse con ellos. Naturalmente, Rusia, China, Irán y el bloque de países socialistas ya deben tener armados sus escenarios y estrategias. ¿Se van a sumar al TUCT? Eso se verá en los próximos meses; por lo pronto, China ya se ofreció como el amigo y aliado comercial de todos y como el promotor número uno del libre comercio internacional.
En este escenario, Donald Trump entra a 2026 con una política exterior que funciona menos como un “gran diseño” estratégico y más como un portafolio de apuestas: cada frente abierto es una negociación de alto riesgo donde el instrumento preferido es la presión económica (aranceles, sanciones, amenazas) y el objetivo político inmediato real es convertir resultados externos en capital electoral interno. Por eso, las elecciones de noviembre de 2026 se vuelven, de facto, un referéndum sobre una idea: ¿America First produce seguridad y prosperidad… o inestabilidad y costos domésticos?
La variable madre: economía + percepción de control
En las intermedias, el votante promedio no evaluará temas geopolíticos; evaluará precios, empleo, fronteras, sensación de orden y la certidumbre de un futuro mejor. El riesgo para Trump es que su proteccionismo agresivo, aunque moviliza a su base, puede traducirse en inflación importada, represalias comerciales y tensiones en cadenas de suministro. Parece que él tiene claro que, si logra proyectar “victoria” sobre rivales y socios, puede venderlo como un avance en su promesa de MAGA (Make America Great Again), pero si el ciudadano no lo percibe así y no lo nota en su bolsillo, es posible que vote en contra.
China: el tablero donde un error cuesta una mayoría
El frente China-Taiwán es el más determinante porque combina seguridad y economía tecnológica. Intensificar restricciones y aranceles puede sonar patriótico, pero si provoca volatilidad en mercados, escasez de componentes o una crisis militar en el Indo-Pacífico, la narrativa cambia de fuerza a temeridad. Para noviembre, Trump necesita que la confrontación se sienta como “contención exitosa” y no como “riesgo de guerra” o shock de precios.
México: frontera, fentanilo y el voto suburbano
México es el frente con mayor traducción inmediata a política interna: migración, narcotráfico y la revisión del T-MEC. Trump puede intentar convertirlo en una campaña permanente: “mano dura” en la frontera y presión máxima sobre el gobierno mexicano. Pero hay una trampa electoral: aranceles punitivos y fricción con el socio comercial más integrado pueden subir costos en sectores sensibles (autos, alimentos, manufactura), afectando a votantes moderados y a distritos industriales clave. El dilema es simple: control fronterizo rápido sin romper la economía real.
Ucrania/Rusia: la paz “rápida” y el costo moral
Si Trump empuja un cierre del conflicto reduciendo apoyo a Kiev, puede venderlo como “fin de cheques en blanco”. Sin embargo, si el resultado se percibe como concesión excesiva a Moscú, la oposición lo enmarcará como debilitamiento de la credibilidad estadounidense y traición a aliados. En las intermedias, ese encuadre pega especialmente si coincide con señales de mayor agresividad rusa o nerviosismo europeo.
Irán–Israel: el riesgo de una escalada que eclipse la agenda doméstica
El apoyo irrestricto a Israel y la “máxima presión” contra Irán pueden consolidar a su base, pero una escalada regional (energía, ataques a rutas marítimas, incidentes directos) puede disparar precios y distraer la agenda interna. En elecciones legislativas, una crisis prolongada suele castigar al partido del presidente si la gente siente pérdida de control.
Europa/OTAN y la erosión silenciosa del liderazgo
Exigir más gasto europeo puede ser popular en casa, pero la amenaza constante de “retirar el paraguas” alimenta incertidumbre estratégica. Esa incertidumbre no siempre vota… salvo que se convierta en choque económico o crisis militar.
El TUCT va por un cisne negro

Casos como Watergate, Lewinsky, Irán-Contras y Stormy Daniels son claros ejemplos de cómo el estado profundo (deep state, los que quieren mandar desde lo oscurito) es capaz de todo para ganar una elección. Es el mismo modus operandi: “surge espontáneamente” un escándalo, justo en el momento preciso, que se usa como ariete de guerra sucia para destruir la reelección de un presidente que ya no le está conviniendo a la cúpula del deep state; una sucia estrategia que les ha dado muy buenos resultados y que ya ha sido utilizada contra Trump. Recordar que un jurado declaró culpable al presidente de 34 cargos en su contra, así que existe una amenaza latente de que en cualquier momento eclosione un cisne negro.
Un cisne negro para Trump (y para los republicanos en el Congreso) sería que la narrativa de “control fronterizo” se vea súbitamente eclipsada por una crisis nacional de legitimidad provocada por episodios de uso letal de la fuerza en operativos migratorios: muertes de civiles captadas en video, versiones oficiales cuestionadas por evidencia y una ola de protestas sostenidas. En enero de 2026 ya se observan señales de cómo podría detonarse ese escenario, con tiroteos en Minneapolis que dejaron dos ciudadanos estadounidenses muertos en incidentes separados vinculados a agentes federales de inmigración, y con autoridades locales disputando el encuadre de “defensa propia”, mientras crece el escrutinio público y mediático. Si esa dinámica se multiplica (más casos, más imágenes, más víctimas “simbólicas” —por edad, ocupación o circunstancias—), el efecto electoral puede ser muy negativo. El giro más dañino sería político, no moral: que el debate pase de “seguridad” a “abuso de poder”, alimentando iniciativas para habilitar demandas contra agentes y choques judiciales-federales que mantengan el tema en portada durante meses.
En síntesis, Trump llega a noviembre de 2026 con una apuesta binaria: si logra resultados visibles (frontera más controlada, control de la fuerza pública, acuerdos comerciales “victoriosos”, desescaladas sin humillación), puede ampliar su coalición. Si, en cambio, su estilo transaccional produce crisis simultáneas o costos cotidianos (precios, empleo, ansiedad bélica), las elecciones pueden convertirse en el mecanismo de “freno” institucional: una Cámara hostil, investigaciones, parálisis presupuestaria y una política exterior aún más errática por incentivos internos.
En este tablero, la pregunta electoral no será si Trump es “duro”, sino si su dureza sale barata o sale cara.
Ing. Fernando Gallardo
Coordinador del club de liderazgo Jaguares & Águilas

