Primera parte
Pedro Ángel Moroyoqui Duran
Órdenes del gobierno.
Fue en la década de los treinta del siglo veinte cuando ocurrió un acontecimiento que vino a perturbar la paz y la tranquilidad de los pacíficos habitantes de la sierra alta y del pueblo de Huásabas.
Este fue un conflicto donde la difícil relación entre la Iglesia y el Estado se rompió y dio lugar a una sangrienta guerra donde algunos de sus pobladores se vieron involucrados de manera activa, unos se levantaron en armas contra el gobierno enarbolando la defensa de la religión, otros tuvieron una participación diferente, pusieron a disposición del clero casas y bienes para la celebración del culto, ya que éste fue prohibido por la autoridad y en consecuencia los servicios religiosos se realizaron de manera clandestina y fuera de la ley, al mismo tiempo que prestaban todo género de ayudas al clero que andaba itinerante para que pudiera proporcionar los auxilios espirituales a los poblados de la sierra alta
El gobierno, mandó instituir en las escuelas, una educación socialista y atea, por lo cual, el obispo de Sonora, Monseñor Juan Navarrete y Guerrero ordenó a los padres de familia se abstuvieran de enviar a sus hijos a clases bajo la pena de caer en excomunión ipso facto (por el solo hecho). El gobierno respondió decretando una ley que contemplaba pena de cárcel para el que no la acatara.
También hubo pobladores que se sumaron del lado contrario, es decir del lado del gobierno, por lo que en esa época se polarizó y se dividió profundamente la sociedad sonorense
Algunos padres de familia, que prácticamente eran todos del pueblo de Huásabas, como don José María Durán (tío Chémali Durán), don Francisquito Fimbres (tío Chirango), don José María Leyva (tío Liebre) entre otros, pasaban más tiempo en la cárcel que en sus casas, la pena era ocho días de cárcel y dos días de libertad para acatar la ley, como no lo hacían volvían de nuevo a la cárcel. En esa época dos maestras del pueblo renunciaron a su labor docente por no comulgar con esas ideas socialistas y ateas, una fue doña Isidra Urquijo Leyva, (tía Isidra de tío Chico Mudo) y la señorita Amparo Moreno Mella, el director de la escuela, el profesor don José Villaseñor, tampoco estuvo de acuerdo con la ideología impuesta, renunció a su cargo y se negó seguir prestando sus servicios.
Para evitar enviar a sus hijos a la escuela, muchos padres tuvieron que salir con su familia a residir a ranchos y milpas, otros a la congregación de Buena Vista y la hacienda de la Cruz, a fin de burlar las órdenes del gobierno

Plaza de armas. Huásabas, Sonora. México.
La resistencia
En Huásabas se organizó una pequeña fuerza compuesta por varios vecinos, estos fueron: los hermanos Rafael y José Sanez, éste último nombrado capitán primero del Ejército Cristero, los hermanos Francisco (Francisquito o tío Chirango) y Manuel María Fimbres Noriega, don José Noriega Noriega (tío Chicapuz), los hermanos Miguel y Santiago Dorame (tío Chiquitita), de Buenavista los hermanos Nicolás (tío Nico) y Joaquín Noriega (tío Juachi) y los hermanos Jorge, José María, Ramón y Manuel Ramírez Noriega (tío Pitiqui).
El general en jefe de los Cristeros en Sonora fue don Luis Ibarra, militar que había combatido al lado del general Enrique Gorostieta en el centro del país, oriundo del pueblo de Batuc y enviado directamente por los Cristeros del Estado de Jalisco para que se hiciera cargo de la rebelión en Sonora, el jefe del movimiento en Granados, fue don José Noriega y el capellán de toda la tropa, el presbítero don Luis Cosme Barceló Durazo.
Don Francisco Fimbres Noriega (tío chirango) prácticamente residía todo el tiempo en la cárcel, su esposa, doña Anita Bartoilini, suplía con creces su pequeña estatura, formada en la escuela de las viejas matronas de antaño, fuertes y firmes en sus convicciones y con una inquebrantable decisión de permanecer firme ante la adversidad, jamás se amilanó ante nada ni ante nadie, en una ocasión en que su marido se quejó de que permanecía más tiempo en la cárcel que en su propia casa doña Anita le respondió:
¡La cárcel es para los hombres que se temen, tú no te rajes!
Su marido don Francisco Fimbres, insistía ante el presidente municipal en que le diera el comprobante donde constaba que ya había cumplido su condena, pero el presidente municipal, que en ese entonces era don José Juan Leyva, mejor conocido como tío Che Juan, pretextando complicados trámites burocráticos siempre lo negaba, después de meses de espera y de insistir inútilmente, harto de las negativas del presidente, un buen día se fajó al cinto una pistola calibre cuarenta y cinco, acto seguido se dirigió enfurecido a las oficinas de la alcaldía a exigir que se le otorgara el comprobante, ante argumentos y razones tan convincentes, tío Che Juan de inmediato abrevió los engorrosos trámites y en menos de un minuto expidió el recibo correspondiente.
El ejército federal en Huásabas
El comandante de una fuerza de soldados que se estableció en el poblado tenía conocimiento que don Francisco Fimbres era el jefe del grupo cristero, también estaba enterado que a su casa llegaban órdenes del movimiento por escrito, un buen día sospechando que habían llegado unas instrucciones, se apersonó a su casa, en la cual no encontró a nadie, entró en esta y se puso a hurgar en ella buscando las ordenes, doña Anita, la esposa de don Francisco al descubrirlo se enfrentó a él.
¿Qué hace usted en mi casa? lo increpó, el milite sorprendido y tratando de componerse un poco contestó:
Mire señora busco unas ordenes, que sé les llegaron a los cristeros y le ordeno que me las entregue.
Pues vaya al cerro y búsquelas allá, las ordenes andan con los pantalones, aquí con las faldillas no las va a encontrar, respondió, el militar avergonzado se retiró de su casa.
Los soldados establecieron uno de sus cuarteles frente a la casa de doña Anita, concretamente en la casa donde residió por muchos años la familia del señor Salomón Arvizu, en la esquina de la actual calle Julián Moreno y Benito Juárez, los otros dos estuvieron ubicados uno en la antigua presidencia municipal, es decir en la casa que actualmente es propiedad del cartero, el otro estuvo en casa de don Ramón Leyva, colindando al sur de la antigua casa cural de la Iglesia, por la calle Benito Juárez, en aquellos años aún no habían introducido el servicio de agua potable, por tanto todos los pobladores se surtían de agua de norias y pozos artesianos instalados en el patio de sus casas, como la casa que fungía como cuartel carecía de pozo, el pequeño destacamento se abastecía de agua del pozo de doña Anita, esta sentía por los soldados una profunda antipatía y animadversión, no obstante, siguiendo las reglas de la vieja escuela de sus antepasados de que el agua no se puede ni debe negar a nadie, fue incapaz de no proporcionar el vital líquido a la tropa cuando lo solicitaron.
En una ocasión, unos soldados, al sacar agua, accidentalmente dejaron caer un kapó militar al pozo. Ante eso, la pequeña mujer increpó furiosa al sargento al mando y le exigió categórica que sacaran la prenda y lo desaguaran inmediatamente.
Yo no voy a tomar esa agua cochina, de aquí no salen hasta que no hayan desaguado el pozo, increpó el sargento, el cual sin chistar, aguantó estoico la andanada que se le vino encima, temblando de ira ordenó a sus subordinados que desaguaran el pozo hasta que quedó a la entera satisfacción de doña Anita, seco y sin la gorra militar y en ese estado ríspido continuaron las difíciles relaciones entre doña Anita y el ejército mexicano durante su estadía en el poblado de Huásabas.

Jefes cristeros de Sonora
Hechos violentos
En una carta escrita por don José Noriega Calles, empleado del gobierno del Estado de Sonora en aquellos años, datada en marzo de 1982, nos da su versión de los hechos ocurridos en los primeros días de octubre de 1935, en ella narra que en el pueblo de Granados los maestros se extralimitaron en su clases anticlericales, sembrando la discordia y el odio entre los pacíficos habitantes del poblado, hasta que una noche amanecieron dos de ellos privados de sus facultades mentales como consecuencia de la brutal paliza que les propinaron sus habitantes.
Uno de los maestros, que al final no quedó tan demente pues entendió que debía salir de Granados, después de la golpiza recibida salió huyendo y no paró hasta llegar a la ciudad de Agua Prieta, donde denunció los hechos, el gobierno del estado consideró el caso grave y lo turno a la federación, de común acuerdo ambas dependencias decidieron otorgarle a don Juan Noriega Calles el nombramiento de jefe de defensa social, a fin de restablecer la tranquilidad y el orden en el pueblo de Granados, una de sus primeras acciones fue eliminar la causa que provocó la furia de los granadeños, por lo tanto separó a los maestros de la escuela que se distinguían por sus ideas jacobinas y su actitud de come curas, quedando todo en paz y con los niños asistiendo a clases.
No obstante, la paz y la tranquilidad, que según don José reinaban en el lugar, se hicieron añicos la media noche del día 4 de octubre de 1935, por la calle aparecieron varios jinetes armados disparando sus armas y enarbolando el grito de batalla de los cristeros “Viva Cristo Rey”.
Don José salió huyendo en un troque, pero los caminos eran malísimos, o mejor dicho no existían, dado que la carretera se construyó años después, mientras tanto los escasos automóviles que circulaban por el lugar utilizaban caminos de herraduras y arroyos para traficar, fue perseguido por diez jinetes, a vuelta de rueda el troque tuvo que enfilar por una elevada cuesta donde le dieron alcance en el Puerto del Encino, antes de que se aproximaran sacó su arma y apunto al grupo.
No tires José, ya nos vamos, dijeron, alejándose en ese momento del lugar.
Agrega don José en su relato que la única explicación que encuentra al hecho del porque no dispararon ellos primero, si llevaban toda la ventaja, es que les inspiró lastima, enseguida don José se dirigió al pueblo de Cumpas donde informó al gobierno del estado lo ocurrido en Granados y esperó instrucciones.
Según la información recabada por gobierno del estado, esa noche del 4 de octubre de 1935, se levantaron en armas más de cien cristeros, en realidad en Granados se levantaron solo veinte, que hubo dos heridos y tres muertos en la escaramuza, entre los cuales estaba el presidente municipal del pueblo de Granados.
Lo que no menciona don José Noriega Calles en su misiva, fue la causa que encendió la furia de la población de Granados, esta fue ocasionada por el encarcelamiento del padre don Juan Barceló, hijo de don Benjamín Barceló recientemente ordenado por el obispo de Sonora, monseñor Juan Navarrete y Guerrero en el rancho “Los Ciriales” donde se escondía, la primera misión del recién ordenado sacerdote fue proporcionar los servicios religiosos los pobladores de su solar natal, el recién ordenado padre Juan Barceló hizo un comentario sarcástico que molestó al director de la escuela, don Abraham González, el cual lo acusó con el presidente municipal y este último encarceló al sacerdote, los vecinos del pueblo de Granados se levantaron en armas ante tal atropello, acto seguido se dirigieron furiosos a la casa del presidente y después de someterlo a un juicio sumario lo fusilaron en la plaza del pueblo, eso es lo que menciona el acta de defunción, al mismo tiempo que propinaron una brutal golpiza que dejó al borde de la muerte al maestro Abraham Gonzales, denunciante del sacerdote.
En las actas de defunción del registro civil de Granados aparecen dos muertos ese mismo día, el presidente municipal llamado José María Moreno, apodado “El Chito Moreno” y otra correspondiente a uno de los cristeros llamado Eligio Galáz que murió de un balazo en la cabeza.

